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Amparo Espinosa Rugarcía


Apropiarse de la escritura es un derecho.


No basta con aprender a escribir para apropiarse de la escritura.


Apropiarse de la escritura implica utilizarla para aclarar los propios pensamientos y transmitir las propias ideas.


La escritura es monopolio de unos cuantos, hombres en su mayoría. El resto, mujeres sobre todo, sólo la emplean para llenar formas o firmar las calificaciones de los hijos.


Las mujeres no hemos encontrado aún nuestra palabra.


La escritura autobiográfica de las mujeres es un interés prioritario del feminismo, entendido éste no sólo como acto intelectual sino como una actitud y un estilo de vida.


Contar nuestra historia por escrito favorece el descubrimiento de nuestra interioridad y nos permite objetivizarnos ante nosotras mismas y dejar constancia de nuestras experiencias de vida.


La palabra escrita tiene fuerza porque permanece, porque se reproduce, porque tiene efecto multiplicador y permite leer entre líneas.


Estas son algunos de las hipótesis en que se apoya el trabajo de DEMAC.


La manera como DEMAC lleva a cabo su tarea de promoción de la escritura autobiográfica femenina es a través de concursos abiertos y una serie de programas y actividades en torno a textos escritos por mujeres. Los concursos premian con la publicación de los escritos y con efectivo a aquellas mujeres que, a partir del fallo de un jurado reconocido y plural (Elena Urrutia, Mercedes Barquet, Beatriz Espejo, Ethel Krauze, Bárbara Jacobs, Margo Glantz y Felipe Garrido, entre otros), sobresalen por la manera fresca y veraz como narran por escrito experiencias de vida que son reflejo de la experiencias de vida de otras mujeres mexicanas porque, parafraseando a Norberto Elías: todas llevamos dentro a la sociedad entera.


Desde la perspectiva de un gran número de académicas feministas, los textos autobiográficos son la materia prima de que se nutren las estadísticas sobre la realidad femenina y además provocan una reacción afectiva susceptible de promover la causa de las mujeres. Las estadísticas, para dar un ejemplo, nos dicen que las mujeres mexicanas vivimos más que los hombres pero padecemos un mayor deterioro físico y somos menos funcionales que ellos después de los 60 años. Estos datos cobran vida a través de relatos DEMAC como el de Ana Mari de la Cruz:


Se llegó el día que tuve que abandonar mi barrio donde residí desde 1959. Ahí vivieron mis hijos parte de su infancia y juventud, ahí murió mi madre y ahí crecieron mis primeros nietos. Estaba muy acostumbrada a ir al Templo de Nuestra Señora del Buen Consejo; al supermercado de enfrente; a un prestigiado almacén de ropa, aunque no siempre fuera para comprar. La visita servía de paseo y en el camino siempre había un helado de por medio. En otras ocasiones, me topaba con las quesadillas del establecimiento fijo o del puesto callejero. Cuando mis hijos me invitaban a pasear, iba más lejos. Pero lo más maravilloso de ir sola era que podía ejercer mi voluntad, aunque me cansara. El 21 de marzo mis dos hijas me trajeron al asilo.


Ana Mari habla por muchas de nosotras. No deja de sorprender que diga, aunque sea de pasada que, más que en compañía de sus hijos, ella prefiere caminar sola. La soledad, como opción de fin de vida, cobra sentido a la luz del sometimiento en que esta mujer ha vivido dependiendo, primero, de la voluntad de su padre, luego de la del marido y finalmente de la de sus hijos y nietos. Aún así, Ana Mari, como muchas mujeres, no se atreve a exigir que la dejen sola viviendo en la casa que alberga sus recuerdos.

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