
“Es hora de quemar un sofá en las puertas de sus casas, instituciones y consultorios e incomodar un poquis”
Por: Lirio Pepenador del Bosque
Desde hace décadas, el VIH ya no es la sentencia de muerte que fue en los años ochenta y noventa; adiós a la idea de una “Enfermedad Terrible”. Gracias a la ciencia —y a un necesario reconocimiento profundo a investigadores, activistas, médicos y políticos en salud que genuinamente han impulsado el cambio— hoy es una condición crónica controlable. Todos los que trabajamos directa o indirectamente en esta pandemia estamos sobre los hombros de gigantes, recopilando datos y desarrollando procedimientos y técnicas para llevar la salud a poblaciones, individuos y comunidades que antes no la tenían. Hoy, una persona con acceso asegurado al tratamiento antirretroviral vive una vida larga, saludable y, lo más revolucionario, con carga viral indetectable, por lo que no transmite, pega, contagia y/o pasa el virus, dándonos el éxito científico de: (I=I). Los inyectables de depósito prometen una mayor adherencia. Estamos, en teoría, ante las puertas del fin de la pandemia.
Eso es “muy chido”.
Pero la realidad es otra, “bebes de la salud”. El verdadero enemigo no es el virus; ese “cabrón” está domado con pastillas e inyecciones. (Sí, necesitamos inyectables para PrEP, PEP y tratamiento, porque más opciones es mejor). Quienes tratamos el VIH hemos identificado desde hace años a un patógeno social que habita dentro de nuestras instituciones, investigadores, políticos, algunos prestadores de salud y, lamentablemente, en sectores de la propia comunidad. Tiene muchos nombres y es difuso, pero aquí están: son la corrupción, la ineptitud, la ignorancia, el estigma y, en su forma más cruda, la maldad de joder al otro por el placer de hacerlo y, sobre todo, por el beneficio propio. El estigma sigue siendo el combustible y catalizador de este círculo vicioso. A pesar de décadas de evidencia científica, muchos profesionales de salud mantienen actitudes condenatorias, violan la confidencialidad, posponen procedimientos o usan lenguaje estigmatizante. La capacitación es esporádica, cuando existe, porque “la gente no quiere aprender”, y la falta de actualización continua da como resultado la percepción de servicios de salud violentos, inseguros y, como bien dicen los usuarios y todes en general, un ambiente “feo, feo, feo”. Con respecto a los pacientes, existe un grupo de sujetos que internaliza esta fatalidad y vive de ella como una llama que les da existencia; es decir, un victimismo con ganancias secundarias. Las ganancias secundarias suceden en todos lados del sistema, con algunos beneficios directos e indirectos para políticos, investigadores, médicos, activistas y hasta los familiares de pacientes. Es decir, el estigma internalizado (y externalizado) es básicamente “una vergüenza autoimpuesta” que se alimenta precisamente de estas experiencias en el sistema de salud, creando que se perpetúe la epidemia. Tratar mediante la salud mental nos daría respuestas y muchas más preguntas sobre esta percepción fútil, lo que a largo plazo generaría intervenciones específicas para una mejor calidad de vida.

Actualmente, las verdaderas víctimas que sufren por un sistema diseñado para fallarles y los realmente olvidadxs en el VIH son las mujeres (cis y trans), además de los adolescentes que viven con VIH. Este grupo se ve opacado por activistas, políticos, investigadores y médicos que se enfocan en los hombres que tienen sexo con hombres y que no tienen ninguna intención de cambiar el enfoque hacia las otras poblaciones clave, tanto en el desarrollo de programas como en políticas públicas. Haciendo que desde hace décadas el discurso sea redundante y, sobre todo, misógino. La necesidad de tener una política enfocada en las mujeres es urgente desde hace décadas; es necesario mejorar procesos e investigación para incrementar la adherencia en los grupos donde las vulnerabilidades sumadas son una realidad. Y de los adolescentes ni hablamos; su esperanza de vida se ve reducida por la ausencia de atención especializada. Una esperanza está en los inyectables, pero para eso requerimos presupuesto (dinero, lana, marmaja y/o cash), voluntad política y, sobre todo, salir de discursos redundantes enfocados en una población (porque hay muchxs chavxs).
Otro aspecto importante que daña a todo el sistema de salud es la mala comprensión del concepto de austeridad. La austeridad mal entendida agrava todo. Recortar presupuestos no es eficiencia; es sabotaje. Genera desabasto crónico, trámites interminables, falta de descentralización y salarios indignos que ahuyentan al personal capacitado. Los políticos que aplican estas medidas se comportan como enemigos directos de los pacientes y médicos. Porque recortar presupuestos detiene la investigación, la atención de calidad y algo muy importante que levanta quejas cada día: el abasto. Mejorar la estructura, contratar personal capacitado, ofrecer salarios dignos y, sobre todo, educarnos en derechos humanos es imperativo. Las políticas públicas también fallan cuando no priorizan la formación obligatoria en derechos humanos y actualización científica para todo el personal sanitario. En cuestión de prevención, las campañas brillan por su ausencia. La verdad es que necesitamos más presupuesto y más investigación para facilitar el acceso a la salud.
La crítica al sistema de salud es inevitable. El sistema, en todas sus áreas, es “churpio” desde hace décadas. La burocracia representa uno de los obstáculos más insidiosos y evitables en la lucha contra el VIH, ya que genera barreras administrativas que interrumpen el acceso oportuno a los medicamentos antirretrovirales y comprometen gravemente la adherencia al tratamiento. Migrantes, mujeres, personas trans, trabajadores sexuales, adolescentes, personas en situación de calle y poblaciones encarceladas sufren por trámites absurdos e innecesarios que reducen su esperanza de vida. Es obvio y necesario decir, por vez 300, que simplificar procesos, garantizar suministros estables y priorizar la salud pública sobre formalismos es fundamental para que nadie vea amenazada su vida por trámites burocráticos.
¿No te parece tonto entregar tres documentos de identidad?
¿Vivo en la calle, qué comprobante de domicilio te doy?
Es importante hablar de los “polizones”; aquellos individuos que se benefician de un bien o servicio público sin pagar por él o contribuir al esfuerzo colectivo. Este enemigo interno está entre nosotros y hace daño de manera grave a nuestra comunidad. En salud, cualquiera que se dedique a la asistencia, desarrollo de procedimientos, técnicas y demás conoce bien a estos sujetos “chupa sangre” que se encuentran en todos los niveles. Identificar a estos polizones ayudará a mejorar los procedimientos y a tener un mejor ambiente.

Y todos conocemos a varios polizones…
(El político que recorta presupuesto a prevención, tratamiento, investigación y estructura [porque requerimos más presupuesto], el investigador que solo quiere muestras y reconocimiento, los “No me toca”, el psicólogo que acosa a pacientes y los invita a cenar, la enfermera que no trabaja, la trabajadora social que complica el acceso, el activista que lucra económicamente con los modelos comunitarios, el periodista alineado al régimen y taaaaaaantos parásitos más que ganan algo haciendo las cosas mal [jalar agua a su molino…])
Hoy, la idea es que mediante la educación en salud y sexual se llegue a comprender que es una condición crónica controlada que permite que se desarrollen en todas sus áreas con la finalidad de ser felices o al menos tener cierta plenitud. Es hora de confrontar este enemigo interno con valentía. Necesitamos sistemas de salud que surtan tratamientos a todos los usuarios, además de educación continua, atención integral que incluya salud mental, derechos reproductivos, eliminación de barreras burocráticas y liderazgo político que coloque el fin del estigma como prioridad absoluta, enfocado en la población y su bienestar (el real, que mejora la salud de los sujetos). Porque mientras el sistema de salud discrimine, el virus seguirá encontrando aliados donde menos debería: en quienes juraron “primero, no hacer daño”. Solo entonces el VIH dejará de ser una amenaza pública y un negocio para los polizones.
Es hora de confrontar sin miedo a estos polizones y al enemigo interno. Necesitamos:
- Formación continua y obligatoria en derechos humanos, salud sexual y actualización continua para todo el personal sanitario.
- Evitar todo tipo de discriminación.
- Evaluar los determinantes sociales en salud en las fallas de adherencia.
- Eliminación de barreras burocráticas y garantía de abasto permanente.
- Políticas públicas que diversifiquen el enfoque: programas específicos para mujeres y adolescentes, con investigación y presupuestos acordes.
- Liderazgo político que priorice el bienestar de las personas.
- Invertir en salud mental.
Bye preciosxs de La Salud.
Nos vemos pronto…
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D.E.


